Por qué no debes dar todo lo que puedes a tus hijos

mayo 24, 2016


En este sentido, Kim Payne, profesor y orientador estadounidense, llevó a cabo un experimento muy interesante en el que simplificaron la vida de los niños diagnosticados con Trastorno por Déficit de Atención e Hiperactividad. Después de solo cuatro meses, el 68% de ellos habían pasado de ser disfuncionales a ser clínicamente funcionales. Además, mostraron un aumento del 37% en sus aptitudes académicas y cognitivas, un efecto que no pudo igualar el medicamento más común en el tratamiento de este trastorno, el Ritalin.


Estos resultados son extremadamente reveladores, pero también un poco atemorizantes, pues nos lleva a preguntarnos si realmente los niños están recibiendo un entorno sano desde el punto de vista mental y emocional. ¿Qué está mal y cómo podemos arreglarlo?


¿Cuándo mucho se convierte en demasiado?Al inicio de su carrera, el profesor Payne trabajó como voluntario en campos de refugiados, donde tuvo que lidiar con niños que sufrían estrés postraumático. Payne apreció que estos niños se mostraban nerviosos, hiperactivos y continuamente expectantes, como si algo malo fuera a pasar de un momento a otro. También eran extremadamente cautelosos ante la novedad, como si hubieran perdido esa curiosidad innata de los niños.


Años más tarde, Payne adviritió que muchos de los niños que necesitaban su ayuda mostraban los mismos comportamientos que los pequeños que provenían de países en guerra. Lo extraño es que estos niños vivían en Inglaterra, por lo que su entorno era completamente seguro. Entonces, ¿por qué mostraran síntomas típicos del estrés postraumático?


Payne piensa que, aunque los niños de nuestra sociedad están seguros desde el punto de vista físico, mentalmente están viviendo en un entorno similar al que se produce en las zonas de conflictos armados, como si su vida peligrara. Estar expuestos a demasiados estímulos provoca un estrés que se va acumulando y obliga a los niños a desarrollar estrategias para sentirse a salvo. 


Los niños de hoy están expuestos a un flujo constante de información que no son capaces de procesar. Se ven obligados a crecer deprisa, ya que los adultos colocan demasiadas expectativas sobre ellos, haciendo que asuman roles que en realidad no les corresponden. De esta manera, el inmaduro cerebro de los niños es incapaz de seguir el ritmo que impone la nueva educación, lo que les produce una alta dosis de estrés.


Los cuatro pilares del exceso

Es muy común que los padres, al querer dar lo mejor a sus hijos, piensen que si un poco está bien, más será mejor. Por eso ponen en práctica un modelo de hiperpaternidad. Se han convertido en padres que obligan a sus hijos a participar en una infinidad de actividades para, supuestamente, estar mejor preparados para la vida. 



Como si esto no fuera suficiente, llenan sus habitaciones de libros, dispositivos y juguetes. De hecho, se estima que los niños occidentales tienen en promedio 150 juguetes, lo cual es demasiado, y termina por abrumarlos. Como consecuencia, juegan de manera superficial, pierden el interés fácilmente por tales juguetes y por su entorno, y no desarrollan su imaginación.
De ahí que Payne reconozca estos cuatro pilares del exceso sobre los cuales se erige la educación actual de los niños son:
  1. Demasiadas cosas
  2. Demasiadas opciones
  3. Demasiada información
  4. Demasiada velocidad
Cuando los niños son abrumados de tal forma, no tienen tiempo para explorar, reflexionar y liberar las tensiones cotidianas. Demasiadas opciones terminan erosionando su libertad y les roba la oportunidad de aburrirse, que es fundamental para estimular la creatividad y el aprendizaje por descubrimiento.


La sociedad ha ido erosionando la maravilla que implica la infancia hasta el punto de que algunos psicólogos han llegado a reconocer este fenómeno como “la guerra contra la infancia”. Basta pensar que en las dos últimas décadas los niños han perdido una media de 12 horas semanales de tiempo libre. Incluso los colegios y las guarderías han asumido una orientación más académica. 
Sin embargo, un estudio realizado en la Universidad de Texas ha revelado que cuando los niños juegan deportes bien estructurados se convierten en adultos menos creativos, en comparación con los pequeños que han tenido mucho tiempo libre para jugar. Obviamente, no se trata solo del juego más o menos estructurado sino también de la falta de tiempo.


Simplificar la infancia


La mejor manera de proteger la infancia de los niños es decir “no” a las pautas que la sociedad pretende imponer. Se trata de dejar que los niños sean simplemente eso: niños. La vía para proteger el equilibrio mental y emocional de los niños consiste en educar en la simplicidad. Para lograrlo es necesario:
  • No atiborrarles de actividades extraescolares que, a la larga, probablemente no le servirán de mucho.
  • Dejarles tiempo libre para que jueguen, preferentemente con otros pequeños o con juguetes que puedan estimular su creatividad, no con juegos estructurados.
  • Pasar tiempo de calidad con ellos, es el mejor regalo que pueden hacerles los padres.
  • Crear un espacio de tranquilidad en sus vidas donde puedan refugiarse del caos cotidiano y aliviar el estrés.
  • Asegurarse de que duermen lo suficiente y descansan.
    Reducir la cantidad de información, asegurándose de que esta sea comprensible y adecuada a su edad, lo cual implica hacer un uso más racional de la tecnología.
  • Simplificar su entorno, apostando por menos juguetes y cerciorándose de que estos estimulan realmente su fantasía.
  • Disminuir las expectativas sobre su desempeño, dejándoles que sean simplemente niños.
Los niños tienen toda la vida por delante para ser adultos, mientras tanto, deja que sean niños y disfruten de su infancia. 


Fuente: www.rinconpsicologia.com




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